Cosas que olvidé de Mágina. Memoria e historia en una ciudad literaria

 

Álvaro Fernández

Queens College

 

Literatura y ciudad es una relación propicia para hacer lecturas políticas, especialmente cuando se habla de ciudades concretas en momentos históricos precisos, que se imponen sobre otra clase de acercamientos críticos. Sin embargo, la literatura construye también ciudades imaginarias que establecen otra forma de diálogo -indirecta, metafórica- con la Historia. La inexistencia fáctica de la ciudad literaria no llega a obturar las relaciones que puede establecer ésta con el contexto de producción y/o de recepción cuando un lector interesado en hacer conexiones socio políticas relaciona ese espacio urbano literario con problemáticas históricas. En el diseĖo de esa ciudad construida con palabras, en su arquitectura social, en las relaciones que la constituyen y la definen, se plasma una visión del mundo que dialoga natural y automáticamente con el contexto social de la obra.

El caso de Mágina  -fundada en 1986 por Antonio MuĖoz Molina en Beatus Ille- es especialmente ilustrativo sobre cómo las ciudades imaginarias mantienen un correlato histórico relevante con su contexto de producción. Pocos aĖos antes, en 1981, la incierta remodelación institucional espaĖola después de cuarenta aĖos de feroz dictadura nacional católica había reconocido el rostro del pasado en un teatral intento de golpe de estado que incluía típicos tricornios de guardia civil y la milagrosa intervención final del Rey para reafirmar y confirmar el orden institucional establecido y, de paso, coronarse simbólicamente como monarca democrático para dejar así atrás su ominoso pasado como sucesor formado e impuesto a la sociedad por Franco. La transición de la dictadura a un estado democrático -hoy recordada como pacífica y ejemplar aunque en sus tiempos fuera incierta, convulsa y violenta- debía decidir el futuro del país y adoptar una política para manejar el pasado inmediato: volver al sistema republicano atacado por el fascismo en 1936, rechazar la validez de la dictadura y juzgar sus crímenes o aceptar la monarquía parlamentaria, el modelo diseĖado por Franco y sus secuaces, y extender la impunidad de los criminales como base para un orden que sólo mirara hacia adelante. El partido socialista adhiere a esta última opción, abandona estratégicamente el marxismo y las reivindicaciones de la resistencia al régimen, gana las elecciones y deja de lado cualquier intento de revisar los crímenes del franquismo. A comienzos de los aĖos noventa, la modernización de EspaĖa se lleva adelante con la vista al frente, hacia un futuro europeo y un desembarco económico y cultural en Latinoamérica. Son tiempos interesantes para el anticomunismo: hace ya una década que las políticas conservadoras se imponen en Estados Unidos e Inglaterra y se desarrolla una economía basada en la especulación financiera que destruirá la industria y las organizaciones sindicales que florecían alrededor de ella en buena parte de Occidente. La caída del muro de Berlín y la desestabilización del  bloque soviético abrirán las puertas a triunfales declaraciones en favor de un nuevo orden conservador que ebrio de goce proclama a través de su gurú Francis Fukuyama el fin de la historia y el triunfo final, total y definitivo del sistema capitalista. La fundación y el éxito de la ficticia ciudad de Mágina se produce en este contexto y está en total consonancia con él.

Una ciudad sin política

La aparición de Beatus Ille (1986) fue recibida con efusión por la crítica literaria que -en sintonía con la época- evaluaba la literatura en base a sus compromisos históricos. Las obras que todavía en los aĖos ochenta tematizaban el complejo pasado político del país -la guerra civil, la represión, la dictadura, la resistencia- corrían el riesgo de ser categorizadas por gran parte de la crítica especializada como obsoletas, ancladas en un pasado superado, pasadas de moda, repetitivas y anquilosadas. Otros textos, más experimentales, superficiales o desligados de consideraciones contextuales tenían la virtud de superar el pasado pero eran evidentemente incapaces de ser reivindicados y exhibidos como una literatura nacional representativa que manejara la incómoda historia espaĖola del siglo XX. La narrativa de viajes y cosmopolitismo que asoma su rostro superficial a mediados de los aĖos ochenta y termina siendo masiva en los noventa ostenta una evidente falta de profundidad para quienes consideran que la literatura debe portar sentidos más o menos trascendentes. La fundación de Mágina viene a calmar la ansiedad ante ese vacío con una receta magistral: la inclusión de la Historia convenientemente despojada de sus efectos más urticantes -las discusiones políticas- y jaqueada por juegos metaliterarios a tono con la estética de la posmodernidad.(1) De hecho, el diseĖo de la ciudad ficcional incluye una tecnología de representación que permite manipular la historia reciente del país sin reabrir viejas heridas a través de una narrativa que presenta primero posiciones políticas reconocibles y luego las deconstruye para desactivarlas y volverlas inofensivas.

Mágina se constituye más bien dentro de la lógica posmoderna del simulacro y la superficialidad que desgasta el espesor de los sentidos políticos. La aparente inscripción plena de las tramas en la Historia se diluye a medida que cada texto avanza y esa disolución pone en evidencia uno de los efectos más consistentes de este tipo de literatura: el desplazamiento y la subversión de los valores ideológicos para entronizar un vistoso paradigma mítico literario. Mágina es la ciudad refugio que funciona efectivamente para desarticular la potencia de las luchas políticas que marcaron la historia del país. Prófugos de un Madrid tomado por las fuerzas conservadoras de turno -desde el siglo XIX hasta el franquismo-, el doctor Mercurio, Jacinto Solana, Minaya y el Praxis llegan a la ciudad de provincias para salvar sus vidas porque dentro de ella, milagrosamente, el enfrentamiento político se atenúa hasta volverse inocuo: aunque sea históricamente improbable, nadie los persigue allí y ellos tampoco continuarán con la lucha que llevaban adelante en la capital del país. Llegar a Mágina es una forma de separarse y protegerse de las tormentas políticas de la época en la que viven y entrar en un orden tradicional regido por lógicas circulares más cercanas al mito y la literatura que al desarrollo de los acontecimientos históricos.

Beatus Ille y El jinete polaco (1991) neutralizan los conflictos políticos que articulan la historia espaĖola y proponen, en cambio, un orden circular, vistosamente repetitivo más acorde con las estructuras narrativas que ponen en escena. Si bien los textos están focalizados en héroes perseguidos por los conservadores y esto sugiere la adhesión de las novelas al bando vencido en la guerra civil, se descubrirá que en realidad los supuestos militantes comprometidos con la lucha política viven románticas pasiones personales que repiten especular y vistosamente las de otros personajes en una suerte de orden mítico literario, siguen morales individuales y están negados a todo compromiso social y grupal. Minaya llega escapando de la represión franquista de los aĖos sesenta en la universidad y termina abocado a estudiar la figura de Jacinto Solana, el poeta republicano de la generación del 27, víctima de la persecución de la posguerra, asesinado por la Guardia Civil. A medida que avance la novela, sabremos que ni Minaya está muy interesado en el compromiso político del poeta sino más bien en sus virtudes literarias; ni Solana está muerto ni merece ser admirado sino que es un cobarde y un impostor. El comandante Galaz, héroe republicano de la ciudad que impidió el alzamiento fascista, será develado como un hombre íntegro que no adhirió a ninguna causa política sino que siguió los mandatos del deber. El abuelo de Manuel cayó prisionero de los nacionales por cumplir con su deber de guardia republicano pero no mantiene con el bando vencido ninguna relación ideológica consistente. Al contrario, durante la dictadura -a escasos aĖos de ser liberado de un campo de concentración fascista- da rienda suelta a sus pasiones individuales por los grandes hombres que le permiten admirar por igual a políticos republicanos, científicos y fascistas como Hitler, Mussolini, Millán Astray y Primo de Rivera.

Semejante criterio de construcción de personajes insertos anacrónicamente en la historia de la posguerra civil espaĖola sólo puede tener sentido en un contexto donde la política haya perdido su peso específico y la historia se haya vuelto un mero decorado tan difuminado que las incoherencias y la falta de verosimilitud no vuelvan al texto ilegible. Entre 1939 y 1975, digamos, la imagen de un sobreviviente de un campo de concentración fascista que admira a sus victimarios cuando dan discursos en la radio y los pone al mismo nivel que a políticos republicanos y hombres de ciencia necesita al menos de una buena explicación para no verla como un insulto a las víctimas del fascismo. En 1985 cifra, en cambio, el espíritu de tiempos de conciliación y consenso y es inteligible dentro de la lógica del texto sin que su postura merezca un comentario por parte de un narrador letrado que seĖala a ese hombre -su abuelo- como el origen de su narración y de su estética, de su pasión por los relatos más allá de la ideología. El éxito de las novelas de Mágina se debe en parte a esta sintonía con las lógicas políticas dominantes en el momento de su edición y a la eficacia con que conjuga la adhesión a valores humanos trascendentes con el simulacro de una pertenencia a la causa republicana.

El jinete polaco, de hecho, es tomada como ejemplo de una memoria posible del tumultuoso siglo XX espaĖol. La rememoración que Manuel hace de su historia personal -y con ella, de la de Mágina- tiene todos los elementos para llamar la atención de la crítica interesada en los relatos de memoria: desde un departamento en Manhattan, a través de las fotografías antiguas de la ciudad, el narrador compone un relato al que explícitamente le asigna un valor ambiguo a mitad de camino entre el recuerdo y la invención. A través de una trabajosa elaboración recorre la historia familiar, la personal y la colectiva en un tumultuoso recorrido que arranca en el siglo XIX y termina en el momento de la rememoración, 1991. La novela es especialmente densa por la complejidad de su estructura, las referencias explícitas a la vida del autor -que a la vez habilitan y obturan una lectura autobiográfica- y la multiplicidad de elementos que entretejen la narración -voces impostadas, géneros menores, materiales de la memoria, etc.- y es habitualmente leída como uno de los textos más representativos de los esfuerzos para llevar adelante la memoria de la EspaĖa posfranquista. Es incluida, además, en artículos, monografías y tesis como parte de una memoria republicana posible por la inscripción política que los personajes ostentan al comienzo del texto, sin considerar que ésta luego es sistemáticamente deconstruida para reivindicar posiciones individualistas acordes con el espíritu de época de finales de la década del 80.

La conciliación de los bandos enfrentados no termina con esta imagen diluida del bando vencido: para no exacerbar la representación con tonos trágicos de tortura, adoctrinamiento y represión, es preciso también difuminar la imagen del régimen. Así, en la Mágina que en los noventa representa la dictadura, no hay falangistas. Sólo aparece uno que está ciego y es más bien una víctima de los horrores de la guerra que vive torturado por el pasado. Tampoco hay curas imponiendo el pensamiento nacional católico en las escuelas, a pesar de que el narrador recuerda su vida como alumno.

El paisaje de la dictadura en la ciudad cuenta, sin embargo, con personajes perversos, traidores y amorales: los militantes de izquierda.(2) El Praxis, joven profesor de literatura que llega desde Madrid huyendo de la represión en la universidad y que a riesgo de su vida trata de cambiar el tradicional estilo didáctico autoritario en las aulas para fomentar la participación de los estudiantes, está caracterizado como un miserable villano que utilizará su militancia para seducir, engaĖar y llevarse a la cama a la hija del comandante Galaz, una joven americana fascinada por el romanticismo del compromiso político.

Nadia, seducida y abandonada es salvada de las garras de los agentes de la brigada político social por otro modelo de moral del texto: el subcomisario Florencio Pérez.

Le abrió él mismo la puerta trasera, se inclinó un poco al dejarla pasar y ella pensó que iba a besarle la mano. «SeĖorita, disculpe por todo, y preséntele mis respetos a su padre.» Ni una duda, ni una palabra en falso, ni una concesión. «ņLo conoce usted?», dijo Nadia, ya subida en el taxi. «Nos conocimos hace mucho tiempo. Pero seguramente él no se acordará de mí.» (Jinete 369)

 

Así, el modelo moral opuesto al del lascivo comunista es el caballeroso jefe de una policía franquista pacífica y contemporizadora que da clases de moral y, en definitiva, alerta a las jovencitas extranjeras de lo terrible que es caer en manos de los egoístas esbirros del comunismo internacional que sólo buscan satisfacer sus bajos deseos personales.

El subcomisario es, además, amigo íntimo del Teniente Chamorro, un anarquista que, desengaĖado de la militancia, limita su acción al ámbito personal y al que el policía se ve obligado -pidiéndole disculpas mientras comparten un café cuando lo va a buscar a su casa- a encerrar preventivamente en la cárcel cuando Franco va a cazar por la zona.

Esta simpática imagen costumbrista de las relaciones entre los representantes de la represión del régimen fascista y de la oposición reafirma la idea fraguista de que en los aĖos sesenta el franquismo era una dictablanda cuyo peor defecto era el sopor de una cultura provinciana y moralista pero, en el fondo, pacífica y tradicionalmente caballeresca que la volvía folklóricamente atractiva para el turismo.

Novelas de la memoria  [de la transición]

Las dos primeras novelas de Mágina suelen aparecer como objeto de estudio de quienes se ocupan de problemas de memoria histórica ya que ofrecen -como vimos- interesantes perspectivas sobre el controvertido e incómodo pasado de la EspaĖa posterior a la guerra civil. Sin embargo, la representación de la vida en esa imaginaria ciudad de Andalucía durante la dictadura franquista sólo puede explicarse en función de las necesidades del momento de la escritura, es decir, de las condiciones culturales, sociales y políticas de finales de la transición, un momento que hace tolerables las caracterizaciones de vencedores y vencidos que las novelas ponen en escena. Si tomamos esto en cuenta, Beatus Ille y El jinete polaco son dos novelas de la memoria, sí, pero de la memoria según/para/desde 1986 y 1991 respectivamente, dos formas de mirar el mundo que tienen sentido en función de las problemáticas políticas y las prácticas de memoria histórica de esos aĖos. Las imprecisiones o incongruencias históricas, los silencios de Mágina, su notorio anticomunismo recubierto con la retórica del desencanto anti político –estratégicamente reinterpretado hoy como republicano sin ambages-, sólo tienen sentido en función de las políticas de consenso dominantes en el final de la transición. (3)

Sería productivo, entonces, pensar estas novelas como “de la memoria” pero “de la memoria de la transición” o “de las políticas de la memoria de la transición” que son, en definitiva, a las que estos textos responden. El paisaje de Mágina nos muestra una dictadura mediocre y aburrida pero nunca cruel y dogmática como son quienes dicen luchar contra ella, estos villanos izquierdistas que usan la imagen romántica del compromiso político para sus mezquinos fines. Los modelos morales son estrictamente individuales, personajes que están orgullosos del trabajo que hacen, más allá de sus adhesiones políticas que son, en última instancia, casuales y superficiales. El pasado se mira pacíficamente con nostalgia despojado de contenidos políticos y de conflictos pendientes: la dictadura no debe nada, ni siquiera explicaciones y los que luchan contra ella sólo buscan obtener beneficios personales a costa de inocentes como Nadia o el padre de Jacinto Solana a los que ese falso compromiso político terminará perjudicando.

La moraleja de las dos novelas es la misma: “no te metas en política”. Es, básicamente, una lección que ya circulaba en plena dictadura como parte del adoctrinamiento escolar difundido para inmovilizar a las masas y que los tiempos de la transición reactivan aprovechando la situación posmoderna y el desprestigio de las utopías de izquierda.
Cosas que olvidé de Mágina

En los noventa, Antonio MuĖoz Molina se consolida como un escritor nacional, sus columnas aparecen habitualmente en el diario El País y su figura se entroniza como imagen de la literatura moderna y contemporánea que deja atrás los aĖos de la dictadura y representa los tiempos de una EspaĖa moderna integrada a Europa. Mágina vuelve con Plenilunio (1997), estropeada por los males de la modernidad: sus paseos públicos están afeados por drogadictos y sus barrios, por pobres. Un asesino serial asqueado por ese paisaje de pobreza y decadencia, comienza a matar niĖitas. Como una continuidad de las figuras morales que supieron habitar los cuarteles de la Guardia Civil en las novelas anteriores, el héroe del texto es un policía que “aparece como una réplica de la integridad moral del exiliado republicano de El jinete polaco” (Navajas 117).

Sin embargo, el inspector es un traidor a las convicciones de sus mayores: su padre fue encarcelado durante la dictadura franquista y vivió luego por décadas “desalojado de la vida normal por tantos aĖos de clandestinidades y cárceles”, una vida que el policía interpreta en el presente como condenada por el “fanatismo político” (Plenilunio 321). Él, en cambio, no sólo se volvió agente del régimen que encarceló a su padre sino que hizo su carrera como miembro de la policía social infiltrado en la universidad para denunciar a sus compaĖeros de estudio: una imagen contundente y activa -también extrema- de reacción contra el compromiso político que la ciudad de Mágina condena en cada texto.

Si bien el héroe de Plenilunio trabaja para la dictadura, traiciona la memoria de su padre y a sus compaĖeros estudiantes y hasta justifica y practica la tortura, la novela lo entroniza como una figura íntegra que gran parte de la crítica acepta como tal, porque el texto no cuestiona -más bien celebra- esa traición.(4) El inspector actúa contra quienes están comprometidos políticamente y son los villanos, que no merecen ninguna lealtad en la lógica de la novela. De hecho, para reforzar su imagen heroica, el inspector llega también a la ciudad a buscar refugio de los conflictos políticos. No lo persigue el gobierno represor de Madrid -esta imagen vale sólo para la Mágina del pasado- sino, en cambio, un enemigo del Estado espaĖol moderno: por su trabajo como policía en el País Vasco, es un objetivo de ETA.

A la lista de villanos -encabezada por el asesino serial y los etarras, a los que el protagonista pone en el mismo nivel- se agrega el despreciable ex esposo de la sufrida maestra de la niĖa asesinada. Es un militante comunista que utiliza hipócritamente las doctrinas marxistas para someter mujeres y lograr sus perversos, egoístas, miserables fines. Así, le organizó la vida a la joven maestra con una férrea y dogmática disciplina soviética que recuerda las pesadillas difundidas por el anticomunismo macartista. El siniestro consorte será “como el Código Civil y el Código Penal, un monstruo de la jurisprudencia, el juez, el fiscal y el testigo de cargo al mismo tiempo, el comprometido y el atormentado” (Plenilunio 227), una mezcla del horror institucional estalinista con una hipócrita praxis militante anti burguesa. AĖos después, ya divorciada, sola y aburrida en la mediocridad de la ciudad de provincias, la maestra se verá arrastrada a una pasión otoĖal por las virtudes del modelo moral del texto, el inspector-torturador. Así, la construcción de la ciudad continúa el esquema anticomunista esbozado en las novelas anteriores aunque ya en los aĖos noventa con renovados villanos enemigos del estado nacional central que se equiparan con maníacos asesinos seriales, con un frío desprecio por los compromisos políticos -que se muestran invariablemente como estruendosos fracasos pasados de moda- y con una mirada nostálgica por un idealizado pasado mejor pleno de tradiciones cíclicas, paisajes rurales, valores morales y enseĖanzas familiares perdurables.

Mágina vuelve casi diez aĖos después, ya en el siglo XXI, en un momento en el que se habla públicamente de memoria histórica en EspaĖa. Se hace necesario, entonces, actualizar la imagen de esa ciudad que funcionaba como memoria eficaz en 1986 y 1991 pero que leída en 2006 resulta abrumadoramente obsoleta o conservadora si se leyeran -como hacemos- los textos políticamente -lectura que, sin embargo, no abunda aún en la copiosa crítica dedicada al autor-.  El viento de la luna (2006) retoma la voz narradora de El jinete polaco anclada en 1969 en una novela que da cuenta de una transición personal que cifra otra colectiva. El niĖo se transforma en adolescente, se prepara para dejar la infancia y el mundo del pasado para reivindicar una modernidad enlazada con la tecnología del mundo moderno que pone al hombre en la luna. En esta nueva versión de Mágina sí hay personajes ligados a la cultura de la dictadura que estaban ausentes en las primeras novelas: ahora el niĖo sufre las clases dictadas por curas conservadores, el adolescente desconfía de los curas modernos en los sesenta y el personaje del falangista ciego que en El jinete polaco era casi una víctima se redefine como una figura siniestra. Aparece también el repugnante Baltasar, un estraperlista que se hizo rico en la época del racionamiento durante la dictadura. La familia del narrador esta vez se identifica decididamente con el bando vencido, perjudicada económicamente por el régimen y amenazada por la violencia falangista. Hay, en esta remozada versión de la ciudad -en sintonía con las noticias que en el momento de la publicación de la novela pueblan los periódicos espaĖoles trayendo a la memoria las ejecuciones sumarias y las fosas comunes en las afueras de los pueblos-, tapias ametralladas por las balas de los fusilamientos. Los personajes de la novela las reconocen y saben y recuerdan perfectamente qué pasó después de la guerra. Todos estos elementos estaban “olvidados” en la Mágina previa que respondía a un sistema organizativo completamente distinto: las penurias económicas eran seculares, no había curas que fueran visibles en la vida escolar de un adolescente, no había falangistas, ni venganzas, ni estraperlo, ni fusilamientos. La posguerra no había afectado especialmente a la familia, por más que el abuelo del narrador hubiera estado preso en un campo de concentración: ni una requisa a medianoche, ni humillaciones, ni Cara al sol en el espacio público, ni la más mínima sugerencia de represalias sobre el bando vencido puede leerse en la mágica Mágina de El jinete polaco.

El viento de la luna es una novela de tránsito, de pasaje, de crecimiento y, a la vez, propone y reafirma la imagen de la EspaĖa moderna que deja atrás el pasado de atraso y -ahora, en la Mágina modelo 2006 que puede o debe recordarlo- de crimen institucional. El ciego falangista y el estraperlista Baltasar agonizan y mueren en el transcurso del relato y con ellos se pone simbólicamente fin a una época que es mejor dejar atrás. El narrador prefigura el movimiento de progreso que emprenderá EspaĖa cuando deje atrás la dictadura y se integre a Europa: el joven Manuel madura, deja de lado las supersticiones de la religión para abrazar la verdad de la ciencia y comienza entonces un tiempo promisorio que lo llevará al mundo, a Nueva York, a Bruselas. La llegada del hombre a la luna junto con la muerte de los representantes más visibles del horror de la posguerra marcan simbólicamente el fin del franquismo y auguran un futuro promisorio.

Se reponen entonces en este texto las cosas que se olvidaron contar de Mágina en El jinete polaco y se corrige la memoria para adaptarla a tiempos más sensibles a los criminales de guerra. Ya el abuelo no reivindica a Hitler, a Mussolini ni a ninguno de sus secuaces espaĖoles porque no está el ambiente en el siglo XXI para semejantes planteos. Ahora el narrador sufre una escuela poblada de curas y pertenece claramente al bando represaliado que ha perdido la guerra.

Mágina es, como vemos, una ciudad que va cambiando con el tiempo según las necesidades de la época en la que cobra vida. Es posible seguir, entonces, su evolución en relación no sólo con la época representada, sino también con los tiempos en los que se escriben e inscriben las novelas. Así, la lectura del texto en el contexto de su producción nos da una idea de cómo funciona la ciudad y qué opciones políticas reivindica en la sociedad de la que proviene y en la que se inserta. Una obviedad, después de todo, pero descuidada por gran parte de la crítica que aborda la obra de Antonio MuĖoz Molina, incluso cuando lee sus textos en relación con la memoria histórica.

 

Notas

(1). Morales Villena saluda estas oportunas características de la novela cuando la reseĖa en Ínsula.  Bertrand de MuĖoz retoma tiempo después ese texto y lo glosa para exaltar las virtudes de la ficción frente a la historia: “Cuando la guerra civil se hace mitología y ya no es sino un recuerdo, la libertad y el arte -sin sombras ni ataduras- florecen en la nueva literatura como un árbol de Júpiter primaveral. Beatus Ille es un ejemplo de ello”.  Las “sombras y ataduras” son las de la política que para esta posición obturan las clásicas virtudes hortícolo mitológicas del arte. (15)

 

(2). En algunas novelas, como Beltenebros, el anticomunismo es más obvio y radical. Jacqueline Cruz analiza la construcción de la imagen republicana que el autor se asigna en sus artículos y la contrasta con la retrógrada visión del mundo plasmada en Plenilunio.

 

(3). Dejamos de lado la larga explicación de las relaciones entre las dos primeras novelas de Mágina y la lógica de la Transición -la trataremos oportunamente- para tomar las últimas novelas que representan la ciudad y seĖalar los “olvidos” corregidos en ellas.

 

(4). Jacqueline Cruz, en cambio, hace una productiva y solitaria lectura de este siniestro personaje y de la consecuente construcción ideológica que propone la novela al entronizarlo como héroe.

 

Bibliografía

Bertrand de MuĖoz, Marise.  “La mitificación de la Guerra Civil de 1936-39 en Beatus Ille de Antonio MuĖoz Molina.” Lenguas, Literaturas, Sociedades  3 (1990): 97-107.

 

Cruz, Jacqueline. “Of good torturers and evil workers: Antonio MuĖoz Molinas Plenilunio.Traces of Contamination. Unearthing the Francoist Legacy in Contemporary Spanish Discourse. Ed. Eloy Merino y H. Rosi Song. Lewisburg: Bucknell University Press, 2005. 199-219.

 

Morales Villena, Gregorio. “Beatus Ille de Antonio MuĖoz Molina: La Guerra Civil como mitología.” Ínsula 474 Mayo (1986): 14-5.

 

MuĖoz Molina, Antonio. Beatus Ille. Barcelona: RBA, 1993.

 

---. El jinete polaco. Barcelona: RBA, 1993.

 

---. El viento de la luna. Barcelona: Seix-Barral, 2006.

 

---. Plenilunio. Madrid: Alfaguara, 1997.

 

Navajas, Gonzalo. “La memoria nostálgica en la narrativa contemporánea: La temporalidad del siglo XXI.” Romance Quarterly 51.2 Spring (2004): 111-23.