Las púberes canéforas, la sensibilidad social y sexual

  en la nocturna ciudad de México.

 

Demetrio Anzaldo

Memphis University

 

...De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Pablo Neruda

But AIDS is a perfect illness because it is so alien to human nature and has as its function to destroy life in the most cruel and systematic way. Never before has such a formidable calamity affected mankind. Such diabolic perfection makes one ponder the possibility that human beings may have had a hand in its creation... Moreover, all the rulers of the world, that reactionary class always in power, and the powerful within any system, must feel grateful to AIDS because a good part of the marginal population, whose only aspiration is to live and who therefore oppose all dogma and political hypocrisy, will be wiped out... And yet it seems that the human race, the long-suffering human race, cannot be destroyed so easily...

Reinaldo Arenas

Surcando las sombras de la inhóspita realidad de la ciudad de México proyectadas por Las púberes canéforas (1983) del escritor José Joaquín Blanco, se mueve un mundo desconocido en el que pareciera no haber ninguna esperanza de cambio o que la esperanza fuera una cosa muerta, sin sentido; porque, en esta larga noche mexicana, los años sí que han pasado en balde y la violencia contra los otros que siguen siendo los mismos llena todos los espacios de esta ciudad. En el presente narrativo de esta compleja y fragmentada novela, la prosa se llena con la sensibilidad social y sexual de estos homosexuales mexicanos que se desdibujan para formar la otra realidad de una ciudad de México perdida en el tiempo y en el espacio. La presencia de una ciudad agónica y de sus agonizantes cuerpos, emerge brutalmente para señalar su compartido protagonismo en este mundo y continuar la labor iniciada por el Vampiro de la colonia Roma cuatro años atrás: la supervivencia de los homosexuales en la ciudad de México.

Pero, ahora el deslumbrante sol visto en la prosa con la que hablaba y se hablaba de la homosexualidad, con la que el mismo Adonis García departía sus cosas y casos, se convierte en este claro-oscuro intenso del barroquismo literario en el cual Guillermo Álvarez convive con la cruda realidad de una ciudad perdida entre las sombras. Porque, más que un himno a la libertad sexual, Las púberes canéforas, es un lúgubre responso a la trágica situación que enfrentan los homosexuales perdidos entre los intersticios y espacios marginales del México de noche. Guillermo, un burócrata agachado sabe que se viene la noche inhumana para los que, como él mismo, han fracasado en la vida; pero que intentan vivir y convivir plenamente con su sexualidad, con sus cuerpos, con la ciudad. Las negras nubes de la corrupción y la mediocridad atenazan la vida de Guillermo y de los seres humanos que pululan por la deformada ciudad. La misma ciudad se presenta aprisionada en un espacio sin pasado ni futuro, como un cuerpo sufriendo una eterna agonía:

De noche, la ciudad de México tiene calles como cadáveres, sobre todo en los barrios viejos, como el centro. Ahí no está la ciudad moderna de avenidas rápidas y restaurantes con servicio nocturno, sino una ciudad muerta, murallas pardas de cemento con baldíos como llagas; tiene movimientos de muerto --nervios finales, que lentamente se apagan-- como los semáforos que dirigen durante largos ratos un tráfico fantasma; nervios finales aun distantes, espaciados automóviles. Un mundo aparte, alejado de éste y de los demás siglos, del pasado y del progreso: edificios que podrían ser cuevas, barrios encerrados en sí mismos dentro de la oscuridad, como en una ciénaga verdosa y chirriante, autosuficiente, con sus propias leyes. (Las púberes canéforas (LPC), 21)

Hay aquí una dura prueba de supervivencia para todos los habitantes del cuerpo presente de la ciudad novelada que se ven obligados a comercializar con sus cuerpos; puesto que sus moradores yacen en un espacio fangoso por donde cruzan desolados esta otra realidad urbana que se ofrece al mejor postor. Esta ciudad de la noche eterna y etérea pasa como la muerte, fría, sin dejar rastro; sólo queda el dolor y el recuerdo enmarcado en el ambiente "autosuficiente" y distante de esta ciudad de México en la ficción.

La certidumbre de esta ciudad reaparece constantemente a lo largo de la novela para sublimar las representaciones de las actividades sociales y sexuales de estos ciudadanos que viven la vida de otra manera. La crudeza de las descripciones de este espacio urbano equiparable a la anatomía humana, son fraguadas a través del intercambio corporal que realizan los homosexuales que, enfrascados en la violencia citadina, violentan el orden social y ponen en evidencia la insolente comercialización que los prostituye y que prostituye a la ciudad; de tal forma que se transgreden las cosificaciones e identificaciones de la homosexualidad. Como la relación de Felipe y la Cacahuata en la que todo es una grotesca sustracción y adición comercial porque,

Entonces, al hacer el amor, la Cacahuata se olvidaba de su cuerpo: lo echaba al desgaire sobre la cama, como un trozo de vaca sobre el blanco mostrador de mosaicos de una carnicería, y se olvidaba de él; cerrando los ojos, se abstraía, y desde el rincón más apartado y rencoroso de su conciencia, observaba clínica y profesionalmente el trazo ajeno, el comercio entre esa especie de medusa echada, esa foca aullante, y el chichifo que asumía funciones de castigador, de vengador de farsa, y a la vez, de criado obediente y mudo; esforzándose y sudando en su tarea de levantarle a la foca una especie de pierna; moverle el cuerpo un poco, jalarlo, penetrarlo, acomodarlo un poco más hacia la izquierda; ponerlo boca arriba, subirle las piernas, luego bajárselas; ahora menearlo hacia otro lado, arrodillarlo: penetrar y extraer y penetrar no un cuerpo, sino un músculo (pensando entre tanto, además en otra cosa, y conteniendo la respiración para prolongar el fuelleo), hasta que suficientemente degradado, lastimado (la Cacahuata rara vez se abría, ni se relajaba --había que romperlo, gemía: la Cacahuata no, sólo la foca echada), de repente se zafaba con un "¡basta!" autoritario, o de plano sin decir nada; y se largaba al baño, o corría al chichifo de la habitación, y reposaba y se recomponía durante unos minutos; se revestía de sus finos y vistosos trajes, arrugados y llenos de manchas, y echándose nuevamente a cuestas la chatarra de su cuerpo, salía echando madres, dando órdenes, indicando, regañando, llamando por teléfono a cuanto pistolero, proveedor, traficante, influyente, policía, burócrata o padrote necesitara para la transa del día. (LPC, 72)

Este sórdido choque de los cuerpos humanos en el espacio urbano de la ciudad de México, es de una brutalidad sin sentido, sin sentimientos, que da un fiel testimonio de la cruenta y desastrosa situación social de los años ochenta. México, capital, se mercantiliza y comercializa hasta con las carnalidades humanas. El cuerpo humano es un objeto/capital más dentro de la macabra danza nocturna procreada por una ciudad compleja y siempre distinta y distante de la visión/versión oficial. Es la imagen de una ciudad perdida y remeciéndose en sus males; porque, "Las púberes canéforas es una descripción alucinante de la ciudad de México hundida en la descomposición física y la corrupción moral más aterradoras". (Muñoz, 28) Pero, también, es una novela que rompe con dogmas y tradiciones al hablar de una homosexualidad desplazada a los márgenes y con la que logra adentrarse en el cuerpo literario mexicano. La novela retoma esa marginalidad y la subvierte en un discurso novelesco complejo y siniestro en el que las alusiones a la homosexualidad son variadas, múltiples (Loisel, Schaefer, Muñoz, Pérez de Mendiola), sin complicaciones , como anuncia La Gorda que quiere gustar del sexo libremente y en una,

...como lucha libre entre veinte gentes: la masa humana de múltiples piernas, vergas, nalgas, cabezas, pelos entre todas las monumentales cabezas de piedra de quetzalcóatls y chac mooles y xochiquetzales y ehécatles y patécatles y xipe tóteques y mictlantecuhtlis y demás dioses en un merry-fucking-around. (LPC, 60)

Pero, el discurso de la homosexualidad propuesto por Blanco rebasa las categorizaciones estereotipadas al permitir que sus personajes se mezclen sin importar preferencias, credos, prosapias, idiosincrasias, étnias o clases sociales (Loisel, 134). Y si bien se puede tomar como una novela homosexual a la manera vista en Las aventuras, desventuras y sueños de Adonis García el vampiro de la colonia Roma, Las púberes canéforas es otra cosa muy distinta; porque en la novela el tratamiento y actuación de la "homosexualidad" de los personajes escapa a las denominaciones preconcebidas. A través de su actuación y su contacto con los demás, podemos ver que hay personajes que son bisexuales (Felipe, Guillermo), mujeres que aceptan la homosexualidad de sus parejas novios o ex-esposos (Analía, Irene), hombres que ocasionalmente tienen relaciones sexuales con sus amigos o compadres (Fabián, Ignacio) y homosexuales que se dedican al fisicoculturismo (La Gorda, Felipe). Con lo que el concepto de homosexualidad tradicional ya no tiene cabida dentro de un orden social diferente, dinámico y pulsante como el de la urbe metropolitana. Además, hay que contar con los prostitutos y prostitutas que ofrecen sus servicios a cambio del dinero necesario para subsistir en este ambiente tan caldeado como hostil. En alusión a este amplio spectrum de sexualidades en guiones performativos las ideas de Judith Butler en torno a la conexión entre identidad y sexualidad resultan, hasta cierto punto, esclarecedoras; puesto que,

Butler (1990, 115) seeks to denaturalise what she refers to as the ‘heterosexual matrix’ - ‘that grid of cultural intelligibility through which bodies, genders and desires are naturalised’. In doing so, she stresses that the apparent coherence of heterosex, where the binary structure of gender finds its complement in opposite-sex attraction, can be shattered by ‘queer’ parody of heterosexual identities. This assertion is based on the idea that the ‘discursive chaining’ of the sexed body to specific gender identities is not natural, but a regulatory fiction maintained through phallocentric and patriarchal discourse (Cream, 1995; Woodward, 1997). According to Butler, these discourses are subsequently located in the body and self, reinforced and reworked in performances of masculinity and feminity which involve particular styles of dress, hairstyles, ways of talking and ways of speaking. (Hubbard, 43)

Basados en esta semblanza, se puede decir que la serie de encuentros sexuales, homosexuales, bisexuales, heterosexuales que se plantean en la novela, desestabiliza las nociones dogmáticas de la sexualidad humana y destaca esa polisemia de significantes propuestos por la categoría de género sexual y que Blanco expone como seres arrebatados por la sensualidad, la pasión y la ambición. De allí que escenas del carnaval genérico, como las del "CONCURSO DRAG QUEEN 82 y MR. GAY HERCULES I", sean puestas en escena para poner en evidencia lo genérico como un simulacrum o, "ambigüedades, sombras tan inconsistentes como las fantasías literarias urdidas por las calles nocturnas con la traidora energía de unos whiskies en el cuerpo". (LPC, 141) Es nuevamente Guillermo el que rememorando nos pone en contacto con esta urbana y humana situación al aludir a:

...esos muchachos escapados del hogar y la miseria chicha rumbo a los resplandores de la plenitud del dinero y de la noche; muchachos que florecían por las calles turísticas entre limosneros y empleados de traje; que reían y se aventuraban en una trágica ---ellos sí, capaces de tragedia-- suposición de que el mundo podía ser paradisíaco, una emoción sin fin ---y tal suposición les daba una diferencia con la mera belleza juvenil, un verdadero apogeo. Felipe, Fabián, Ignacio: cualquiera de esos muchachos... Y toda esa cuota de belleza y de vitalidad, que se iba extinguiendo en los vericuetos de la noche; dejando en los laberintos de bares y automóviles los perfiles de apogeo para encontrar el cinismo, los golpes, la delincuencia, el asco, la depresión, la policía, la vulgaridad del cliente atavista y regateador, eran el aura de la noche a la que había querido acercarse. (LPC, 128)

La homosexualidad y el espacio urbano de la ciudad de México son dos aspectos que sobresalen dentro del conjunto narrativo que se nos presenta como una inmersión en la vida de los otros, de estos otros que siguen siendo los mismos: los homosexuales que reviven y viven en esta penumbra humana. Sin lugar a dudas, es el México histórico el que reaparece en esta lóbrega noche que describe el amor de un viejo con su joven amante Guillermo y Felipe; y, es en donde convergen también "la pinche joda de los seres humanos" (75) y "los humos mentales de una lucubración de borrachera" (127). Es decir, es una narración en donde la realidad se trenza con la imaginación, donde la pasión se mezcla con la tragedia y donde el deseo homosexual fluctúa libremente. Como ha señalado Clary, St. John Loisel en su análisis:

The novel then obeys a desire, the desire of encouraging homosexuality to express itself (and to confess itself). This is the narrative project that motivates the wanderings of Guillermo as well as the incursions into the poetic universe at various times throughout the text. He seeks truth and the satisfaction of desire. The novel responds to a vital homosexual question, but it also searches to fill a universe constructed under the "sign" homosexual. (138)

Aparte de mostrar la valía de la realidad homosexual, Las púberes canéforas, desgarra las sombras de la noche y nos muestra ese universo construido por el barroquismo de Guillermo que narrado por Felipe o el autor, revelan el devenir de esta ciudad de México prostituida y podrida por sus gobernantes. Es relevante señalar el artificio de la prosa social de un narrador homosexual que sabe lo que quiere, que conoce de lo que está hablando y que dialoga con la tradición para subvertir el orden de las cosas. Las púberes canéforas es construida a partir del entrecruzamiento de géneros y formas literarias que sorprenden por la sofisticada superposición y confección; puesto que, si al principio se relata una historia sacada de los más clásicos estilos policiacos, inmediatamente se nos anuncia una típica historia de amor nacida bajo el modelo de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Al empezar, la novela presenta una muestra de la violencia desencadenada por el viejo centro de la ciudad de México, el crimen de una mujer y el secuestro de su acompañante. Es este recorrido incierto hacia las goteras de la ciudad y donde Felipe, joven de 18 años, salva la vida tras sufrir la brutal golpiza a manos de dos esbirros de la guardia personal del senador Domínguez; su regreso a la ciudad marca a las historias que siguen. A continuación y durante el resto de la novela, se entrecruzan las divagaciones y descripciones de Guillermo, amante enamorado de Felipe, y las voces del narrador que nos cuenta la misma historia en la cual todos los personajes que aparecen mantienen relaciones muy estrechas y conflictivas que rayan en lo trágico.

Esta complejidad de la novela se agudiza por el uso estratégico de los poemas que se insertan a lo largo y ancho de la narrativa y que sirven para resaltar más las sensaciones intensivas del narrador y llegar a ese "lenguaje lleno de suspensos que envuelven iridiscencias de las profundidades. Lo poético, en tanto forma apolínea, estética, puesta al servicio del elemento dionisíaco" (Néstor Perlongher, 144). Al mismo tiempo que se potencializa la poesía, señala la relación íntima entre la sexualidad de los personajes y la muerte que los acecha en todo momento. La muerte de Claudia al principio y la inminente muerte de La Gorda al final reafirman esa relación entre el amor y la muerte (Loisel); sin pasar por alto el hecho de que sea un responso el que le dé el título a la obra. Con esta finita imbricación entre prosa y poesía, realidad urbana y tradición cultural que se presenta en la larga noche de la novela, las actuaciones y elucubraciones de los personajes se intensifican. Sin embargo, en el texto mismo se intenta deslegitimizar a estos dos formatos tradicionales de la novela y a la realidad del entramado literario. Guillermo, hacia el final de la obra, se cuestiona y deja en entredicho todo lo que ha pasado para proponer:

Todo podía haber sido una simple riña de honor entre chamacos desesperados. ¿Pero qué más daba? Que no existiera el Bingo-Bango, ni el pedazo de bosque por la carretera a Cuernavaca, ni el Senador Domínguez, ni el dart negro, ni el judicial que había intentado ligárselo a fuerzas y lo había perseguido --seguramente otra invención-- al Hotel Radamanto. Tenía la verdad, al menos, de las historias que Felipe se contaba a sí mismo, para traducir a figuras dignas de su vitalidad la realidad mediocre y brutalmente gris. Podía ser. Y que no existieran, por supuesto, Fabián e Ignacio; que los nombres se intercambiaran; que los hechos se pusieran en duda, se entremezclaran, se perdieran unos en otros; qué más daba: todo quedaría a su justo nivel: humos mentales de una lucubración de borrachera. Hasta, tantas cosas ocurrían en la ciudad, podía haber sucedido gran parte de lo imaginado. (LPC, 127)

La incertidumbre de la realidad narrada se problematiza porque ya no se sabe si lo que pasó fue verdad, si sólo fue otro producto de la imaginación desbordada de Guillermo o de los casos que se suceden en la ciudad. Guillermo, al mezclar la historia con la imaginación, cuestiona lo que Felipe pensó o inventó, lo que él mismo cree que Felipe pensó, inventó o en verdad le sucedió. Como ha argumentado Claudia Schaefer, "given the tone established by the first chapter, what is declared by day does not necessarily coincide with what is practiced by night". (136) Entonces, este frustrado novelista, -Guillermo va dejando "apuntes", "notas" y "episodios pensados" (Fabián/Ignacio)- que nunca escribe, oscurece y difumina los límites entre "realidad" y "ficción" y arremete contra la tradición de la novela misma; puesto que pone en jaque la convención novelesca de que todo lo que ocurre en ella sea "una verdad de la ficción".

Es así que en esta noche de ficción ficcionalizada, se puede observar cómo las citas literarias, poemas y sonetos, con los que Guillermo nos cuenta su amor y la verdad de sus sentimientos hacia Felipe se convierten en palabras vacías. Cuando su errancia termina, la historia, su historia y drama personal son sólo palabras, "literatura que no sirve"; puesto que, "Al final de cuentas, la literatura es el arte de lo indecible, la única página digna de ser escrita es la imposible" (LPC, 134). En esta escritura que se invalida a sí misma sobresale la prestancia y la versatilidad de la juventud de los cuerpos hermosos de los jóvenes amantes: Felipe, Ignacio, Fabián y Analía; este último personaje podría ser otro giro del lenguaje y connotar lo anal ya o yo anal en que se centra la narración. En la novela nada se sabe con certeza y ante la imposibilidad de definición o de ser algo más, la narración intenta romper con el texto mismo (Loisel) cuando Felipe -el amante Adonis cansado de la vacía y frustrante humanidad de Guillermo- refuta las ideas y poses de su amante y le dice:

Pinche Guillermo, que se fuera al demonio con su kulturita: ¡qué sabía el de treparse a un coche en una esquina nocturna: ésas eran las nuevas aventuras de emoción, el Mar de los Sargazos de los viaductos o los Mares del Sur de las avenidas suburbanas, donde uno lo arriesgaba todo y a ojos cerrados, con gente absolutamente desconocida! ¡Qué sabía él de lo que se aprendía y vivía durante dos horas en un lote baldío, fornicando entre las ratas y olor de basura que se pudre en bolsas de polietileno con los logotipos del supermercado cercano! ¿Qué libro podía tener la sabiduría de dos horas en hoteles de una sola noche? El conocimiento Real, no de a mentiras, en palabritas, sino real: la pinche joda de los seres humanos.(LPC, 75)

Sin embargo, el rompimiento con la novela nunca acontece ya que Felipe también forma parte de la misma ficción y aunque este conocimiento de la realidad social que comenta es lo que no se pone en duda, al usar la misma palabra escrita, vuelve a reificar lo que ha intentado transgredir; es decir

...It loses view of the fact that there is not an escape from this side of the text; the literary deed itself, its existence, distribution and consumption as far being a product condemns it to be a vehicle of the very ideologies that it would like to destroy. (Loisel, 142)

Y claro que no puede escapar a su sino puesto que para ello fue creado y armado con el lenguaje literario de la tradición; pero lo que sí consigue es dar vida al sentimiento homosexual y a la homosexualidad que también pertenece a la cultura occidental, mediante el uso de la poesía que es un sistema tradicional autosuficiente y de la prosa que habla y dialoga con conocimiento de los lenguajes sociales y literarios.

Esta sujeción por parte del texto a las citas de la poesía barroca, es otra señal de esta atadura a la tradición; pero, a la vez, es una manera de transgredirla y sumergirse en el tema de la homosexualidad vivida al interior de la negra ciudad representada en el texto. Con lo que de nuevo tenemos el enfrentamiento entre los discursos de la tradición y los contestatarios o de la vanguardia literaria que se enfrentan en el espacio urbano. Porque en este diálogo entre la palabra por la palabra y la palabra social o de la novela, aparte del retruécano y el juego como gestos que evaden la muerte a través del placer en la palabra o el concepto, representa una protesta ante la situación social que los homosexuales y no homosexuales viven en la ciudad de México, como señala acertadamente Claudia Schaefer:

Blanco’s 1983 novel falls squarely within the time of revelry, albeit tingled with some measure of uncertainty, and is a chronicle of the insurgent violence in the metropolis, of a utopian world upon which the shadows of doubt and disbelief are beginning to fall. Yet we also find at the core of the text a sustained debate of sorts on the representations of homosexuality in life and in art, and therefore a tacit refusal to give in to phantoms, persecution, ingenuous celebration, or even social invisibility. Blanco’s characters represent a counterpoint to one another, a tension between the desire to explore homosexuality and the limits placed on such desires whether by means of physical violence or psychological repression. The big question, however, is that of "difference" or, as Ruiz Esparza puts it, the opposition between "lo homosexual como ansia de participación" (homosexuality as the burning desire to participate) and "la homosexualidad como estrategia de rebeldía" (homosexuality as a strategy of rebellion) (247). By engaging this dilemma as the heart of the narrative, Blanco’s novel forms a point of transition between the stimulus of liberation and the necessity of self-examination. ( Schaefer, 136)

Es por todo esto que no es fortuito el título de la novela ni lo es el hecho que giren a lo largo de ésta una serie de poemas, entre los cuales destacan el responso a Verlaine y los versos quevedianos. Estos dos poemas que sirven de epígrafe y epílogo, respectivamente, fundamentan a esta palabra tensionada en la cual los límites se borran, las identidades siguen fluyendo y la palabra libera nuevos y candentes significantes. El título de Las púberes canéforas aparte de señalar la complejidad del nombre y el ludismo del escritor al retar a su lectores, adquiere connotaciones singulares; por una parte, indica el lado negro de la homosexualidad vivida por el poeta simbolista francés Verlaine iniciador del movimiento Decadentista (Loisel, 147); y, por la otra, "púberes canéforas" of the title,(is) a reference to virginal maidens at the service of the goddess Diana taken from a modernist poem by Nicaraguan Rubén Darío...",(Schaefer, 140-1) Es decir que, desde el mismo nombre de la novela, tenemos la imbricación de los conceptos tradicionales y vanguardistas, de la sexualidad oficial y de la homosexualidad transgresora. De tal forma que el discurso homosexual ya forma parte del canon; de esa complejidad fragmentada en que se ha convertido la literatura mexicana. De ahí que se lea en la solapa de la novela de Blanco:

Las púberes canéforas pertenece a esa tradición de la novela mexicana que, lejos de proponerse complacer la lectura conformista y sublimar la realidad, se esfuerza por desagradar, por contradecir y por someter el arte al fuego de la llaga.

Es decir que esta novela enfrenta a la palabra con la realidad histórica y simultáneamente cuestiona la importancia del hecho literario per se. Esta es la idea que persiste al examinar detenidamente a esta narrativa que se desborda y borda una realidad lacerante que subvierte a la poesía para convertirla, junto con la prosa vertida, en modalidades narrativas que se adhieren a la tradición tras pasar el momento de su citada perversión. Las fantasías literarias impuestas por Blanco, se estrellan en el duro marco de la realidad citada, aludida. Además quedan convertidas en críticas laudables al aprender y aprehender a la huidiza palabra literaria, que si bien no es la realidad misma, sí está sustentada en la realidad cotidiana de ese México demarcado en la novela como un espacio moribundo lleno de injusticias, abusos e infamias. Es el cáncer social que se siente por todo el país y que, en boca de La Gorda, se describe de la siguiente manera:

...No te creas que te asaltan y te encueran en la calle y ya; no, los meros rateros son la gente decente; y difícilmente se puede encontrar allá un peso bien habido. Y cómo hay dinero, dinerales. Todo mundo dice de la mañana a la noche que el gobierno es un ratero y un ratero y un ratero; y luego sale que todo mundo, digo, toda la gente decente, está ¡dentro! del gobierno, sumido hasta las orejas en el gobierno; y que tiene negocios con Banrural, que con el ejército, que con el PRI, que con el Instituto Mexicano del Café, que con los bancos, que con los transas del comercio. Bueno, digamos que hay rateros como en todas partes, así muy empresarios, todos con sus S.A. y S. de R. L. y S.A. de C.V. etcétera; pero allá se nota mucho porque, a final de cuentas, Tapachula no es sino un pinche pueblo en mitad de la selva, inflado por el café y las maderas. Y porque allá se le nota más lo cabrona a la gente, no como aquí que nada más inviertes en acciones y te depositan tus intereses a tu cuenta de cheques y ni te ensuciaste las manos; allá a cada rato hay matazones de indios, que también tienen lo suyo y se defienden a machetazos, y hasta con fusiles y ametralladoras de repente... (LPC, 57)

La imagen trágica de la ciudad de Tapachula Chiapas y de todas las ciudades mexicanas se aviene de manera justa a la inmolación perenne de los homosexuales que se nos pinta en Las púberes canéforas. La ciudad deviene en el texto como un personaje central puesto que es aquí donde pasan todas las cosas que nos anuncia Guillermo/Blanco.

Y la ciudad de México locus del placer, del poder y de la prostitución para estos seres nocturnales que la reconstruyen de forma diferente, es una ciudad que los proteje y que los destruye al mismo tiempo. En este ir y venir por la citada ciudad, Guillermo va marcando los lugares más importantes de la cartografía capitalina. Desde el inicio de la novela, la ciudad y Guillermo están juntos en su lucha por señalar la incierta realidad que viven; por medio de esta prosa social que los rebasa, juntos repasan etapas y lugares históricos en su caminar por la cartografía urbana. La creciente utilización de la ciudad, como comparsa en el devenir existencial de Guillermo, tiene el propósito de señalar no sólo la interrelación del espacio humano con el urbano sino el de demostrar cómo, por medio de fragmentos arquitectónicos, se reconfigura más certeramente una infinita ciudad de México que se cae a pedazos. A partir del Zócalo capitalino vamos desplazándonos por las calles y avenidas de una ciudad fantasmal, pero que se reconoce por la prestancia de los nombres y de las descripciones del medio urbano que no se puede confundir; puesto que se trata de la vida y del desarrollo de un ciudad tradicional que se metamorfosea por el impacto de las políticas modernistas impuestas desde el gobierno central. Es una ciudad inserta en la vorágine del progreso y la proletarianización (Brushwood).

Así yendo del Hotel Radamanto, viejo inmueble de los años cuarenta, hasta las torres de cristal del Paseo de la Reforma, los personajes viven una reconfiguración del proceso generativo y degenerativo en que incurre la ciudad y sus ciudadanos. Como el acontecido en la colonia Condesa, antiguo reducto del porfiriato que se transforma en noche durante el día y que ha pasado por significativas transformaciones:

Ya era una zona de negocios. Y resultaba estruendosa y congestionada durante el día, sin lugar para estacionarse, con multitud de coches trepados en las banquetas, estacionados en doble fila, y oleadas de caminantes apresurados que tenían que sortearlos, o de plano abandonar las banquetas invadidas de automóviles en desorden y bajarse a plena calle, y abrirse paso entre los automóviles atascados en medio de un atronar de cláxones. Durante la noche, en cambio, esta parte de la ciudad parecía pacífica, con sus altos edificios oscuros, sus avenidas que en la oscuridad recobraban su amplitud; los porteros que dormitaban en modernos lobbies penumbrosos. Resultó el lugar ideal para abrir un antro: se puso marquesina de luces, unas fotos de coristas, tamaño natural, casi encueradas. Y durante el día, esta publicidad cabaretera no desentonó con la publicidad de bancos, agencias de seguros, restaurantes, tiendas especializadas, supermercados. Un producto más, un negocio más de la ciudad. (LPC, 79)

Esta transformación de la ciudad ocurre en un lapso relativamente corto; pero más que la notoriedad de cambio, consecuencia de la innovación tecnológica, lo que se aprecia es la deformación del espacio urbano. La alteración del medio ambiente cambia enteramente la vida de las personas que la crean, pero sobre todo, de las que la viven. El frenesí del tráfico humano y vehicular, es producto del enloquecido tráfico de mercancías; de los productos de consumo que se le imponen a una población expectante, apática y literalmente condescendiente, si no es que sirviente del gran capital. La aceptación de esta comercialización es favorecida por un público que gusta de lo que se le prohibe, de aquellas carnalidades que se ofrecen al mejor postor. La venta inhumana de los cuerpos ofrecidos como objetos de consumo y diversión, marca diametralmente a la ciudad; puesto que la realidad de la noche no es la misma que la del día.

La modernización y la sobrepoblación han llegado a incrementar la corrupción y la pobreza que viven los mexicanos en la otrora Ciudad de los Palacios. Sin embargo, esta realidad va más allá y por todos lados se observa a una ciudad en decadencia que ya no puede vivir en las maravillas del pasado; la realidad ha llegado y se muestra en los puntos más tradicionales y neurálgicos de esta gigantesca ciudad. Guillermo en su andar perdido, hace un alto y mira que su casa, la casa de los hombres, de los homosexuales ha entrado en plena decadencia, como él que se encuentra bajo los efectos de su cruda realidad, de paria, homosexual, fracasado y despechado; así, la ciudad enfrenta la cruda realidad de la ciudad que tras la euforia petrolera materialmente se cae a pedazos, como se evidencia en el siguiente pasaje:

Estaba en Insurgentes Norte, a la altura de la estación de Buenavista, mirando desde un destartalado puentecillo peatonal (armado con inestables tubos y tablones, sobre la avenida) el todavía monumental, aunque ya viejo y ceniciento, Puente de Nonoalco, en otro tiempo augurio de la modernización que se ambicionaba para la capital de México, y ahora --a la luz sucia, neblinosa, como filtrada por un lienzo oscuro-- estorbosamente gigantesco y curvo, como rúbrica en garabato del triangular rascacielos del Banco Nacional de Obras y Servicios Públicos...[...] A un lado de la avenida, en un amanecer grisáceo y violeta de una ciudad contaminada --un crepúsculo matinal entre cendales de smog y vientos rápidos y fríos-- iban particularizándose los edificios de la Unidad Tlatelolco, tan semejantes al puente en su pretensión de aerodinamismo y modernización: la gran aportación del México lopezmateísta de principios de los años sesenta al urbanismo mundial..(LPC, 103)

Esta fragmentación del espacio urbano reconoce la inmensidad de las transformaciones y de la vitalidad herida de una ciudad que no se puede atrapar; porque escapa hacia otra realidad que no es la imagen oficialista que se le vende al público. La arquitectura muestra las huellas de la turba enloquecida que se arremolina en torno a la falsa idea del progreso y de la modernización de una sociedad que no tiene espacio sino para los seguidores de estas sirenas que le cantan al derroche y al vale madrismo capitalino. La ciudad que nos presenta el mirar de un homosexual perdido y hundido en la decadencia personal, es la ciudad que todos habitamos y la que nos cierran los ojos porque seguimos enceguecidos por la burla y la burda idea de que México es la capital del mundo; de que "como México no hay dos". Lo cierto, es que no hay un solo México que pueda hacer valer los derechos humanos de todos sus ciudadanos.

No hay tampoco una sola ciudad de México sino que la urbe que creíamos percibir, en realidad es un complejo dinámico de fragmentos que van constituyendo a las ciudades insólitas que recorremos conjuntamente con Guillermo durante su agónico deambular por barrios, callejones, calles, avenidas, parques y monumentos en la ya larga noche urbana. Así, en este recorrido se vuelven a señalar sitios históricos de todas las épocas y zonas pobladas por todas las clases sociales. Las ciudades de la noche son como mares picados y embravecidos en los que todos tratan de sobrevivir. No sólo se parte del Centro Histórico hacia todos los lugares sino que desde todos los lugares se llega al Zócalo capitalino; el centralismo del gobierno mexicano continúa castrando las vidas humanas. La lúgubre noche mexicana lo mismo cubre a los Baños públicos del viejo centro que a las exclusivas Lomas de Chapultepec; el errar trágico se ha completado.

La noche es larga y México vive en penumbras; las calles y avenidas son una prolongación de las vicisitudes humanas; pero, en este espacio no hay lugar para los otros, para los despojados de su propia tierra. México existe en la novela como una realidad intangible en la que se mueven los fantasmas y las fantasías de la población que se resiste a entender que ya estamos en la pendiente hacia nuestra propia destrucción. La ciudad de México nos consume y la consumimos todos. Por eso la inmolación de seres como La Gorda es cosa de todos los días; los homosexuales son sacrificados indiscriminadamente en aras de una burda fantasía imperial doblemente patriarcal. La novela cuestiona esta realidad y se pregunta:

¿Para qué andarle buscando amor a un mundo que no lo tiene?, se decía La Gorda: todo es pulsión sexual, carnal, y siempre resulta artificiosa; en algún futuro o incluso en el presente, en alguna otra parte del mundo y hasta de la misma ciudad de México, alguien artificiosa, verídicamente copularía con botellas, con puertas, con cerraduras, con sedas o con suéteres. (LPC, 144)

Los tiempos han cambiado y la misma ciudad lo demuestra porque, en el pasado el homosexual era reducido a navegar entre calles oscuras, quicios sombríos, cuartos sumidos en la penumbra, parques destruidos y ciudades perdidas. Ahora, la homosexualidad está a la vista, existe y es una realidad de la ciudad cosmopolita. Es la ciudad de México vista a través de los ojos de este otro ser humano que se resiste a caer en la mediocridad; el homosexual que se rebela contra los cánones (Schneider) y propone crear un nuevo espacio dentro de la ciudad en el cual pueda convivir con los demás. Los deseos y sueños de La Gorda son el anuncio reiterado a lo largo de la novela de una radical apertura al reconocimiento de las infinitas pulsiones de la sexualidad humana; de la homosexualidad que anhela verse incluida en la consideración de las identidades y de los procesos culturales que bogan por el mundo.

Pero, estos deseos de La Gorda se ven truncados cuando decide desafiar a la homofobia rampante porque piensa que ya es suficiente el tiempo que ha pasado ocultando su preferencia sexual. Es por eso que se entrega a los esbirros del "orden" legal y moral de una corrupta sociedad. Su muerte es el preludio de las subsecuentes persecuciones y crímenes en contra de la lesa humanidad de estos otros seres humanos. Por desgracia, sobre la ciudad y la homosexualidad caen las sombras apocalípticas: "México ocupa el segundo lugar en asesinatos de homosexuales en América Latina. Brasil el primero. Violencia criminal por odio homofóbico. En los últimos tres años suman 125 las víctimas". (La Jornada. 7 de mayo de 1998; citado por Loyden, 139) Se viene la noche en Las púberes canéforas porque los otros, los de entonces, siguen siendo los mismos. Y antes de que la noche caiga inmisericorde sobre la humana ciudad, los homosexuales prefieren avivar la llama viva de la esperanza y la libertad de esta palabra social con sus cuerpos, con sus deseos, en un errar que, significativamente, no cesa para ese yo itinerante: Invicto vencedor, jamás vencido ...

 

 

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