Recontar la historia desde la censura: el modo utópico como estrategia

de las nostalgia en Reina Roffé y Alina Diaconú
 

Marisa Pereyra
Drexel University



Uno de los argumentos por el cual las utopías fueron inicialmente rechazadas por el feminismo (y en general vistas negativamente por toda la crítica) fue el hecho de que se las consideraba meras evasiones del presente. El buen lugar siempre era un lugar inexistente, adonde nunca se podía llegar para concretar un proyecto de vida mejor. Esa aparente desconexión con la realidad alentó por mucho tiempo la creencia de que la utopía era incompatible con la historia. De igual
manera surgieron argumentos que sostenían una tesis similar de incompatibilidad entre la historia y la ficción literaria. Entonces, si seguimos estos argumentos tendríamos que decir que la utopía no guarda ninguna relación con la historia, en primer lugar por tratarse de una ficción narrativa y en segundo lugar, por su fuerte contenido evasivo, fuera de la realidad.

Con respecto al debate entre historia y ficción, Tomás Eloy Martínez arroja luz sobre el asunto al afirmar en "Historia y ficción: dos paralelas que se tocan" que las mejores ficciones argentinas del último medio siglo pueden ser leídas como respuestas a las censuras y a los silencios de la historiografía. Es decir, que las ficciones literarias son reescrituras de la historia conocida a través de los llamados "documentos históricos" (91). Eloy Martínez dice que si los archivos históricos han sido manejados por las minorías letradas al servicio de sus intereses políticos, escamoteando, ocultando y ficcionalizando la realidad, "¿con qué argumentos negar a la novela, que es una forma no encubierta de ficción, su derecho a proponer también una versión propia de la verdad histórica?" ("Historia y ficción" 94). Según este autor y crítico literario, la historia podría ser contada igualmente por el camino de la ficción, como por el de los documentos históricos, con la misma cuota de verosimilitud. Hablando específicamente de Argentina, Eloy Martínez subraya que el poder político suscita desconfianza entre la población, aceptándose como "verdadero" lo que la comunidad de una forma tácita y subterránea establece que lo es (a veces siendo precisamente lo contrario de lo que dice el discurso oficial y sus documentos "históricos"). Suena verdadero lo que percibimos como verdad, lo que creemos que la verdad debe ser. De esta manera, agrega Eloy Martínez, una nación vive inventándose a sí misma, recreándose, y en su imaginario (1) encuentra su sentido. Citando a Benedict Anderson,(2) el crítico nos dice que las naciones no se distinguen por la autenticidad o la falsedad con que se narran, sino por el estilo con el cual eligen narrarse: por sus palabras, sus metáforas, sus silencios y sus gestos ("Historia y ficción" 98).

Coincidiendo con el argumento de Eloy Martínez, sostengo que la ficción es un instrumento válido para contar desde otro ángulo algún aspecto o período determinado de la historia de una nación, de un grupo de personas, o de un individuo en particular. Ese instrumento resulta especialmente valedero cuando dichas ficciones surgen en momentos de intensa represión política y persecución ideológica. Por otra parte, es verdad que la utopía nace siempre del descontento, de un deseo de romper con una realidad injusta o intolerable, y en ese sentido puede considerarse como una evasión del momento presente. Pero también es necesario subrayar su esencia intrínsecamente crítica; al querer plasmarse en otro lugar, al anhelar reconstruir otra realidad, la utopía señala siempre las falacias del presente, resaltando la carencia de lo deseado. De ese modo, está íntimamente conectada al presente. Dice Fernando Ainsa: "La utopía debe estudiarse siempre conjuntamente con las estructuras mentales de la época. Las ideas fuerza que la animan están en íntima relación con el pensamiento filosófico, la literatura, los símbolos, los mitos, los movimientos sociales y aún las creencias religiosas de la época" (Necesidad 71, subrayado original).

Debemos entender, y éste es el objetivo de este ensayo, cómo los discursos utópicos interrogan y reconstruyen la historia a través de un nuevo lector activo. Como señala Jean Pfaelzer: "The new utopian discourse breaks down the traditional mimetic contract with the reader, in order to stimulate a cognitive revision of historical process in the mind of the reader" ("What happened to history" 193). Es necesario reconocer el impulso utópico que subyace en el proyecto americano y comprender la función de los discursos utópicos en la historiografía, de manera de desentrañar los componentes desiderativos que están presentes en el imaginario subversivo literario. Será, pues, a partir de un diálogo entre el texto y el lector activo que surgirán las múltiples historias de estas mujeres que, a través de sus posibles y deseados mundos, nos harán reflexionar sobre la relación (y el carácter de dicha relación) entre utopía e historia.

Las dos novelas seleccionadas, El cielo dividido de Reina Roffé (3)  y El penúltimo viaje de Alina Diaconú (4) comparten un fuerte contenido utópico; también las dos reflexionan sobre un momento histórico trágico de la Argentina, el último gobierno militar que se extendió desde 1976 hasta 1983. No es mi intención aquí hacer un recuento de los acontecimientos que desencadenaron el golpe de estado, o de cómo se llegó a la actual democracia, sino más bien, reflexionar brevemente sobre las estrategias oficiales que pusieron en marcha un aparato legal que propició y fomentó el olvido y la impunidad. Vale recordar, pues, el "Informe Final sobre la lucha antisubversiva" que aprobaron los militares antes de dejar el poder en 1983, donde se justificaba la represión durante los años ´70, la "Ley de punto final" de 1986, que impuso un plazo máximo para la presentación de pruebas y la iniciación de nuevos juicios; y por último la "Ley de obediencia debida" de 1987, mediante la cual se limitó la imputabilidad de los culpables, pasando a ser inimputables judicialmente los autores de cientos de crímenes y delitos ya comprobados, por el simple hecho de demostrar que en su comisión había intervenido la orden de un superior. A estas tres leyes, se suman los indultos del Presidente Carlos Menem que dejó en libertad al último grupo que quedaba cumpliendo sentencias. De esta forma se cerró para siempre la posibilidad de enjuiciar o la de revisar causas judiciales por violaciones a los derechos humanos en la llamada "guerra sucia." Como acabo de señalar, el poder político y judicial respondió a los ocho años de terror de estado, muertes y violaciones a los derechos humanos con leyes que fueron progresivamente más laxas y limitables, en cuanto a la responsabilidad que les competía a los perpetradores de tales hechos. Es decir, desde el poder no sólo se silencia cualquier intento de castigo, sino también a cualquier voz que pretenda autoafirmarse a través de su propia historia de dolor y persecución.(5)

Frente a tanto atropello y silencio impuestos, Roffé y Diaconú eligen la ficción como herramienta para preservar la memoria y rescatar los relatos no canónicos. Bajo el velo de las metáforas y de los silencios, propiciaron el recuento de la "otra historia." Experimentando Diaconú y Roffé diversos grados de compromiso político e ideológico, viajando por distintas rutas, escribiendo libros diferentes, estas dos escritoras tienen en común el mismo dilema obsesivo: cómo contar de otra forma la historia, cómo articular una voz propia que recupere la memoria, cómo ganar nuevamente los espacios físicos y emocionales que quedaron atrás por el exilio. (6)

La novela de Roffé El cielo dividido (7) retoma en cierta manera la historia de su anterior obra, La Rompiente, puesto que narra la vuelta de la joven escritora, protagonista de la previa novela, a Buenos Aires, después de varios años de exilio en los Estados Unidos. Eleonora, o Ellis -como la llaman sus amigas- vuelve con el pretexto de juntar material sobre literatura para su tesis de doctorado, pero en realidad la animan otras intenciones ocultas. Obligada a dejar el país imprevistamente, Eleonora "había soñado muchas veces con su regreso. Se veía discando números telefónicos, entregada a la tarea de hallar a las personas que algo habían significado para ella" (14). Y agrega: "intenté...recuperar la continuidad en el tiempo," tenía "mis mejores intenciones de retomar contacto con la gente y de integrarme nuevamente, si alguna vez lo estuve" (39). Poco a poco, Eleonora se dará cuenta de que en realidad lo que desea es experimentar un proceso de saneamiento interior y de recuperación de tiempo, sentimientos y lugares perdidos. Y este proceso se realiza mediante la escritura. Si en La Rompiente aparecen extractos de una novela escrita en el exilio por la protagonista sobre sus años de silencio y partes de un diario íntimo, en El cielo dividido encontramos fichas bibliográficas y de información, cartas personales y nuevamente el diario íntimo. En ambas novelas la escritura fomenta y permite la recuperación de la memoria perdida: "Cuando terminó de escribir (Eleonora), se metió en la cama. Su cuerpo tenía memoria... No sabía bien lo que había escrito pero, fuera lo que fuese, había servido para extraer algo largamente enquistado" (52).

La argumentación de Mónica Szurmuk en cuanto a La Rompiente puede igualmente aplicarse a El cielo dividido. Szurmuk sostiene que la primer novela:

...presenta un enfoque original en cuanto a la posibilidad de escribir a favor de la memoria y del recuerdo, sobre la represión, contra la represión. La Rompiente puede considerarse un Ars Poética de la autora; una contribución al conocimiento de los procesos de elaboración, creación y textualización dentro de un contexto sociopolítico hostil y violento. (123) Roffé lo presenta en El cielo dividido, a través de la técnica autorreflexiva de una protagonista escritora. El diario/novela que Ellis escribe, (nunca tenemos certeza de cuál género se trata), sirve para poner como en un rompecabezas las piezas sueltas de su pasado en Buenos Aires junto a su gente querida, tiempo perdido por el viaje forzado. En este subtexto dentro del texto reflexiona sobre incidentes particulares de su propia vida y en un sentido más general, sobre el sentido de orfandad de la existencia humana. Lo que comienza como un "ordenar el material del que ya disponía," (46) se transforma poco a poco en una reflexión profunda sobre su vida. Una de las secciones de su diario/novela comienza así: Transcribir ha sido uno de los oficios (o la metástasis de un oficio) que ejercí con cierta desenvoltura y cierto placer personal cuando todavía creía que era posible recobrar la palabra. Hoy, en este devastado presente, por un acto meramente nostálgico (...) vuelvo a evocar algunas escenas y sobresaltarme con mi manida idea de que la vida es un lugar incómodo. (46-47) Los subtextos de su diario/novela se intercalan de una manera muy sutil en el texto de la novela misma, de manera que resulta un tanto difícil separar los unos de los otros. Se logra así un efecto fragmentario que intenta, en mi opinión, reflejar el estado confuso de Eleonora y la situación política alienante de la época. Dice la protagonista que contar los sufrimientos es una necesidad que todas las mujeres sienten, y en dicho proceso se pueden encontrar las respuestas a preguntas existenciales: todas sin excepción, eran protagonistas-narradoras o amanuenses que, por un misterioso mandato, iban componiendo su mundo personal, alienado y fragmentario, para buscar y, a veces, encontrar en la propia voz, como en un cofre antiguo, el ordenamiento de los sentidos y su sentido último. (161) Asimismo, las cartas de su amigo Roberto Suárez son otra forma de narración que ayuda a ordenar los pensamientos y los hechos ocurridos en esos años. Las cartas conforman una suerte de "documentos históricos": cuando el poder político resulta dudoso y poco confiable, los testimonios individuales y colectivos pasan a formar parte de la historiografía. Eleonora se pregunta: "Por qué diablos había traído sus cartas, por qué las había guardado como si se tratara de documentos insignes o testimonios de una época, por qué les había conferido la importancia de un registro fiel de la memoria, ella que había preferido olvidar" (64). Los mismos fragmentos de las cartas nos dan la respuesta: "ayer mismo hicimos el acto, a pesar de las prohibiciones, los manoseos de la policía, y de algún detenido" (68). Y agrega Roberto: "Pertenezco al cuerpo enfermo del país, todavía siguen saneándolo (...) te escribo a vos que andás lejos, la persona que elegí (la que me queda) para contarle cosas que me lastiman" (69); "La gente está preocupada y triste: treinta mil desaparecidos, las Malvinas, una guerra estúpida; movilizaciones, marchas por los derechos humanos, rebeliones inútiles y horror" (71). Eleonora ha guardado estas cartas porque efectivamente son documentos preciosos de una época cruel. En ellas Roberto cuenta sobre las manifestaciones en contra del régimen militar, sobre los atropellos recibidos, el allanamiento de su casa, los 30.000 desaparecidos y la guerra de las Malvinas, todo para reflexionar por último sobre las votaciones que traerían la primera democracia en muchos años.

Las cartas de Roberto, políticamente apasionadas y profundamente críticas, se contraponen a las cartas de su marido, Frank, desde Princeton. Mientras las primeras son un hilo que la une a su pasado y le informan sobre hechos y situaciones que al exiliarse decidió olvidar, las de su marido (que quedan muchas veces sin abrir por días y días), son el recuerdo de una realidad sin muchos contratiempos pero también carente de deseo. Las cartas de Roberto, además de informarle sobre la situación política-social, la obligan a realizar una introspección y a replantearse su identidad.

Uno de los epígrafes de la novela dice: "Si en el futuro alguien me explica cómo soy -aun en el caso de que quiera halagarme o darme fuerzas-, no voy a consentir tal insolencia" (11). Eleonora lucha todo el tiempo en contra de las etiquetas que los demás quieren imponerle y trata de readaptarse a una realidad histórico-social que le resulta hostil y le provoca un permanente estado de sentirse a la intemperie. Los estados de orfandad, desprotección, vulnerabilidad, son acentuados por esta metáfora que se reitera a través de la novela: la sensación de vivir a la intemperie, sin techo protector. (8)

Uno de los temas que subyace en la novela es, a mi juicio, el deseo de llegar a una unidad, de encontrar la totalidad partiendo de historias fragmentadas. Este deseo de alcanzar la totalidad no necesariamente significa llegar a una perfección o a un fin acabado, sino que corresponde con una visión utópica que pone el énfasis en el proceso por sobre el resultado; es el camino lo que importa. Gracias a los aportes del filósofo Ernst Bloch (9) y de la crítica y profesora Lucy Sargisson, (10) podemos estudiar estas novelas a partir de un acercamiento innovador y creativo; ya que ambos amplían los límites del utopismo, rechazando el acercamiento tradicional que ve en la utopía un cianotipo para el futuro. Sargisson se identifica con un nuevo utopianismo transgresor que destruye viejos patrones fijos a favor de una nueva y fresca visión dinámica. El movimiento y la flexibilidad son los puntos sobresalientes de la utopía del proceso. Su función no es ser modelo del futuro sino explorar estados de ser alternativos a los presentes. El pensamiento utópico, entonces, nos permite imaginar diferentes formas de conceptualizar el pasado, el presente y el futuro. Tiene la capacidad de producir cambios revolucionarios en nuestra conciencia y, al hacer esto, abre el campo para que lo impensable pueda ser formulado y deseado. Entre algunos de los críticos que han estudiado la novela, París ha visto en El cielo dividido la necesidad de encontrar una voz propia que recupere la memoria y una forma de escritura que funcione como "patria de resistencia" en la lucha contra el olvido (París 206). Marily Martínez de Richter señala que Roffé utiliza la fragmentación textual, la tematización de las dificultades de la escritura y la incorporación del lector en el proceso narrativo, como estrategias para obligar a aquél a reflexionar sobre las convenciones literarias, las relaciones entre "verdad" y "ficción" y sus límites elásticos y permeables.

La novela, entonces, nos presenta el desafío de situarnos en un nuevo espacio utópico, y desde allí comenzar a cuestionar nuestra propia identidad y repensar nuestro lugar en la historia. Este espacio es utópico porque es alternativo, crítico y de naturaleza política. Desde esta nueva posición podemos imaginar distintas formas de conceptualizar el pasado, el presente y el futuro. A diferencia del espacio creado por los regímenes represores, este espacio es amplio, flexible y dinámico. Entiendo que al volver a reclamar el espacio del que alguna vez fue echada, Eleonora crea para sí misma un ámbito físico y mental, una geografía alternativa desde la cual se resiste a la política represiva. Sólo cuando encuentra este lugar puede articular una voz diferente, una voz crítica que trata de reconstruir la historia que muchos quieren olvidar o negar. El lugar físico que elige Eleonora para reescribir su pasado es Buenos Aires. En esa ciudad "la memoria de Eleonora recuperaba la escena y, con ella, los hilos dispersos del tiempo" (29). Desde el comienzo de su estancia "intent(ó) añadir a (su) dieta de recién llegada con la idea de recuperar la continuidad del tiempo" (39). Roffé y Eleonora, sin lugar a dudas, son dos de las mujeres a la que hace alusión el primer epígrafe de la novela: "Era una de las mujeres más trivialmente perversas, porque no podía dejar en paz a su tiempo, y tampoco podía formar parte de él" (9). El subtexto que forman las anotaciones de Ellis y el texto novelístico, ambos fragmentados, son parte de una misma "chispa de vida, que me lleva otra vez al ancho río de brea con la esperanza de ver el horizonte" (11) (171). Tanto Ellis, la amanuense ficticia, como Roffé, la escritora profesional, se permiten nombrar, se autorizan a sí mismas a hablar y a narrar hechos y personajes que las insertan en un pasado terrible y las proyectan a un futuro esperanzado. Con indecisos trazos escriben sus propias historias para -como las últimas palabras de la novela dicen- "alzarse contra la agonía de la luz" (171). Al proceso de escritura de sus notas/novela, se agrega el de la búsqueda de sus amigos(as)/amantes. A través de ambas logrará encontrar su voz, ordenar sus sentimientos y vislumbrar un espacio utópico posible.

El penúltimo viaje de Alina Diaconú se trata de una novela muy diferente a la de Roffé. La narrativa es más confesional, como si se entablara un diálogo con el lector. Además de compartir algunas obsesiones con Roffé (exilio, autoritarismo y viaje), introduce el tema de la muerte como una de las posibles salidas de la pesadilla distópica. Tres partes conforman la novela: I) "Punto de partida," con un narrador anónimo y subjetivo que se sitúa afuera de los personajes; II) "Hasta cierto punto," narrada por Amapola, en su adultez; III) "Punto y aparte," narrada por un narrador impersonal y omnisciente. Se cuentan desde diferentes ángulos la niñez de Amapola y de sus hermanitos en un país satélite de la Unión Soviética, y su posterior exilio en Sudamérica, previo paso por Europa. De todas sus novelas, claramente ésta es la más autobiográfia, no tanto por los personajes, o sus situaciones particulares, sino por el espíritu que anima la obra. Dice la misma Diaconú:

...yo me considero hija de dos patrias. Soy fruto de dos tipos de autoritarismos: "la dictadura del proletariado" en la Rumania de Gheorghiu-Dej (antecesor de Ceausescu y marioneta de Stalin) y de las diversas dictaduras argentinas (...) Yo me considero el producto de un mundo intolerante que, por eso mismo, conozco muy bien. Quizá sea por eso que mis novelas transcurren en climas de intolerancia, entre seres intolerantes. (Autogeografía 113) Este espíritu autoritario de intolerancia se respira en la casa de Amapola y se materializa en forma especial en la figura del padre, que es la encarnación de un sistema totalitario mayor. Desde las primeras páginas de la novela se caracteriza al padre como: "(a)l Dios rapado (que) maniobraba sus pobres voluntades a imagen y semejanza de su voluntad" (35). Sumamente contradictorio y tirano, pasa de momentos de silencio a una verborragia total tratando de adoctrinar a sus hijos sobre lo que es ser un buen ciudadano. Y cuando habla siembra confusión entre sus hijos porque nunca se sabe lo que realmente piensa o cree. A Alisio un día le grita: "Eres demasiado frío, pero tal vez sea mejor que seas frío (...)" (29). A Amapola después de recriminarle por qué abandonó la pintura le dice: "Ya eres grande. Aunque no tanto" (32). Amapola atribuye semejante estado de confusión a "las propias ambivalencias de la política que lo forzaban a asimilar las mentiras (...) y lo condujeron a ese estado de desajuste mental" (248). El "gigante rapado," como lo describen los niños, se comunica con gritos y golpes en la mesa y dirige a todos con su mirada "que nos controlaba como si fuéramos objetos" (187). Mónica Flori dice al respecto: el autoritarismo patriarcal que se trata de demitificar alcanza varios niveles que van de la familia al Estado y a la historia. La figura paterna de la novela no es un personaje aislado, éste representa todo un sistema y reitera en el seno de la familia el autoritarismo del Estado y la visión de la historia que proyecta el régimen. ("Autoritarismo" 188) El paralelo entre el Padre y el dictador de turno no es fortuito. El desmoronamiento de ambos se produce casi simultáneamente, lo que provoca primeramente el cambio de cuadro en la pared del despacho de Padre, y luego la trágica consecuencia del exilio de toda la familia. El retrato del hombre de bigotes que había en el escritorio de Padre, fue acarreado al altillo (...) una semana después apareció otra fotografía (...) Los niños comenzaron a ver ese mismo rostro en todos lados, en el colegio, en la escenografía de los grandes desfiles públicos, en las tiendas, en los cines, en los teatros. (100) En el exilio sudamericano se continuará con el mismo ambiente de terror y Amapola aprenderá a sus treinta y dos años lo que su hermano Alisio comprendió de pequeño: "que no hay Paraíso, sino distintos grados de Infierno" (147). Cabe recordar aquí que cuando el sueño utópico se transforma en pesadilla y la "perfección" es producto de un sistema opresor y totalitario, como claramente es el caso de este país europeo, estamos frente a otro género: la distopía (también conocida en castellano como anti-utopía o utopía negativa). Recordemos que Manuel y Manuel afirman que el fondo de toda utopía es una distopía y en que en muchas utopías existe una distopía oculta (Utopian Thought in the Western World). Es decir, es imposible separar la una de la otra, forman las dos caras de una misma moneda.

Entrevistada por Domnita Dumitrescu sobre El penúltimo viaje, Diaconú declara que el libro es "una historia ficticia sobre una familia que vive en un país de Europa del Este. Mi intención fue elaborar una gran metáfora sobre lo que ocurrió allí. Al mismo tiempo constituye un contrapunto y un paralelismo con lo que pasó con los gobiernos militares de América Latina" (Dumitrescu 242). Este contrapunto se presenta en la primera parte de la novela, cuando la narración de la niñez de Amapola, Alelí y Alisio en Europa se ve interrumpida por descripciones -en letras itálicas- de paisajes inhóspitos plagados de "basurales" (23), "juguetes rotos" (23), "viviendas torcidas" (24), "casas medio derrumbadas" (24), "fachadas descoloridas" (24), "desierto medio sucio" (25), y "chozas" (26). Esta alternancia de narraciones y descripción se ve unificada en la idea del viaje. En las narraciones sobre Europa asistimos a un viaje en el espacio y en el tiempo; mientras que las descripciones del paisaje son parte de un viaje real que la llevará a Amapola al punto más nórdico del país más sureño de América del Sur. (12) En la primera página de la novela, el narrador nos dice cuál es la relación entre el viaje hacia el norte argentino y las narraciones de Europa: "Al subir la escalerilla del tren, se prometió asumir con valor la empresa de ese viaje, cuyo único objeto era recordar en un vagón sucio y con asientos incómodos, la incómoda y poco pulcra historia de la cual hasta entonces había estado escapando" (17). La recuperación de la memoria se logrará en un viaje de características utópicas hacia una de las zonas más remotas y más inhóspitas del país. Y en ese viaje no sólo se reencontrará con el fantasma de su madre muerta, sino que escribirá su libro. El viaje, pues, es utópico porque la lleva a un nuevo espacio, no sólo en el sentido geográfico -el viaje termina en lo que parece ser la provincia de Salta o Catamarca-, sino conceptual, semántico y teórico.

Como en la novela de Roffé, la literatura le permite a la protagonista ordenar y recrear su historia personal. Cuando los militares la detienen en el vagón y le preguntan qué está haciendo, ella responde: "-Estoy escribiendo un libro" (299), y a la orden de mostrarlo, Amapola musita que está en su cabeza. La necesidad de recuperar la memoria y entender su pasado se lleva a cabo a través de una vertiente artística y utópica que facilita espacios físicos y mentales donde reflexionar sobre la identidad perdida. Con respecto a su madre muerta, no es casualidad que ella haya elegido comunicarse con su hija mayor: las dos comparten un espíritu crítico e inquisitivo y reaccionan frente al autoritarismo patriarcal. El día que el ejército ruso entra triunfalmente en el país, Padre organiza una fiesta con amigos y familia para festejar el evento. En dicha celebración se escucha a la madre decir: "´Ojalá los héroes de hoy no sean los villanos de mañana.´ Y entonces, al escucharla, y delante de todos, Padre le dio una bofetada" (273). La frase de la madre es profética; favorecido y alabado por el régimen al comienzo, el padre termina repudiado, criticado y perseguido por sus mismos camaradas, quienes por compasión le permiten el exilio en lugar del encarcelamiento. Después de deambular de ciudad en ciudad, de país en país, de subir y bajar trenes que cruzaron toda Europa, la familia se embarca hacia América, específicamente a Argentina.

Amapola se da cuenta de que en su nueva vida hay nuevos héroes y nuevos villanos. El padre, como siempre, aconseja el silencio. "¿Dónde estaba la libertad?, le pregunté (Amapola al padre) un día cuando unos tanques salieron a la calle y un hombre viejo fue desalojado de la Casa de Gobierno" (292). La historia, en otra tierra, en otra lengua, se repite. Se impone nuevamente el terror y el autoritarismo, y el lector se pregunta si Amapola sucumbe frente al poder militar o si logra de alguna forma revertir la situación y recobrar la dignidad. Ester González Gimbernat coincide con Annis Pratt y dice que El penúltimo viaje podría ser considerado como un "Bildungsroman fracasado," porque "la historia de Amapola es un viaje de aprendizaje en el que su autorrealización va retrocediendo hacia la infancia en lugar de progresar hacia la integración personal de la adultez" (113). Yo me permito disentir de tal afirmación y me inclino a pensar que precisamente a través del viaje real en tren y su nostálgica vuelta mental y emocional a la infancia, Amapola logra comprender los sufrimientos pasados y su peregrinación espiritual.

La última aparición de su madre se produce cuando unos militares suben al tren y comienzan a requisarla e interrogarla. "La mujer envuelta en velos era su guía. No era posible perderse. En cierto momento ella suspendería su marcha y las dos se fundirían en un gran abrazo: madre-hija. Y esa fusión habría de significar que había alcanzado la meta. El destino final" (301). Al abrazarse finalmente con su madre, Amapola logra integrarse al mundo femenino y maternal, el mundo de la rebeldía y del rechazo de la opresión. Es un mundo de fantasmas, pero un mundo que la contiene y la hace sentirse protegida y cuidada frente a los terrores que debe enfrentar. El espacio materno predomina sobre el mundo autoritario que representan los militares. Y aunque el final es abierto, adivinamos la muerte de Amapola a manos de los militares y la reunión con su madre.

Estas dos novelas estudiadas, como el lector habrá notado, son diferentes en temática y estilos narrativos, pero comparten muchas características en común que pueden ser agrupadas bajo el paraguas conceptual del utopismo. Ambas intentan recuperar la memoria y la continuidad de un tiempo perdido en manos de regímenes violentos. Dicho proceso de recuperación se logra a través del arte (más específicamente a través de la escritura). En las dos novelas se observa un modelo especulativo y de crítica, que es factible gracias a la apertura de nuevos espacios físicos y emocionales. Y aunque no se llegue a un lugar utópico concreto, el camino hacia la utopía presenta múltiples opciones para crear un mundo más generoso, solidario y valiente.
 
 

Notas

(1). Tomo prestado el término "imaginario" del crítico Louis Althusser en su ensayo "Ideology and the State" publicado en Lenin and Philosophy and Other Essays (122-173). De acuerdo con Althusser el aparato del estado (A.E.) está formado por el A.E. represivo y el A.E. ideológico, siendo la función de este último la propagación de la ideología. Define la ideología como el sistema de ideas que dominan la mente del hombre o de un grupo social (150). La ideología es una construcción imaginaria, un sueño, una ilusión. Pero lo que está representado en la ideología no es un sistema de relaciones reales que gobiernan la existencia de los individuos, sino un sistema de relaciones imaginarias (o imaginario) de estos individuos con las relaciones reales en las cuales viven inmersos (155).

(2). Anderson, Benedict. Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism.

(3). Reina Roffé (1951), escritora argentina, vive en España desde hace casi 20 años. Ha publicado las siguientes novelas: Llamado al Puf (1973), Monte de Venus (1976), La Rompiente (1987), y El cielo dividido (1996). Roffé recibió en 1975 el premio Sixto Pondal Ríos a la mejor novela de autor joven por Llamado al Puf y en 1986 recibió el primer otorgado por el Concurso Bienal Internacional de novela corta, en Córdoba, Argentina.

Alina Diaconú (Bucarest, 1945), rumana de nacimiento, pero argentina por adopción. Ha publicado las siguientes novelas: La señora (1975), Buenas noches, profesor (1978), Enamorada del muro (1981), Cama de ángeles (1983), Los ojos azules (1986), El penúltimo viaje (1989), y Los devorados (1992). Diaconú ha sido galardonada con varios premios literarios, entre ellos: la Banda de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores por su novela Buenas noches, profesor (1979), mención especial en el Concurso Nacional 1979-1982 por su novela Enamorada del muro, mención especial en la competición de cuentos de 1986 patrocinada por el Centro de Estudios Hispanoamericanos, y en 1989, El penúltimo viaje recibió el Trofeo Silver Meridian a la mejor novela del año.

(4). Para un estudio histórico-social de la época militar en Argentina, recomiendo el libro de Adriana Berguero y Fernando Reati, Memoria colectiva y políticas del olvido. Argentina y Uruguay, 1970-1990. Rosario: Beatriz Viterbo Editora, 1997.

(5). Las escritoras reaccionaron diferente frente a la represión militar. Reina Roffé se alejó de Argentina por primera vez en 1981 al ganar la beca Fulbright para participar en el prestigioso programa de escritores de la Universidad de Iowa. Regresó a Buenos Aires en 1982 pero retornó a los Estados Unidos en 1983 para ser la consejera literaria de Ediciones del Norte, en Hanover, New Hampshire. Retornó a Buenos Aires donde permaneció unos tres años y en 1988 se mudó a Madrid donde vive en la actualidad (Mónica Flori, Streams of Silver 215-216). Alina Diaconú, en cambio, después de emigrar de Rumania a la Argentina en 1959, nunca abandonó su país de adopción. Ella asegura que su literatura puede dividirse en dos: hasta la dictadura militar y después de la dictadura. Señala: "Porque cuando (...) Buenas noches, profesor es censurado, yo trato de refugiarme en la metáfora" (Flori, "Entrevista con Alina Diaconú" 100).

(6). Cabe señalar que aunque El cielo dividido fue publicado en 1996, Roffé lo escribió entre 1988 y 1990, alternando la ciudad de Buenos Aires con Madrid. Lo que significa que fue escrita durante los últimos años de la presidencia del Dr. Raúl Alfonsín y el primero del Dr. Carlos Menem, época sumamente turbulenta en lo económico y en lo político, cuando los fantasmas del régimen militar estaban aún muy presentes.

(7). Reina Roffé señala en una entrevista con Diana París que A la intemperie era el título original de El cielo dividido (París 207).

(8). Ernst Bloch es uno de los intelectuales que ha aportado más al estudio del pensamiento utópico en el hemisferio occidental. Las 1400 páginas de su monumental libro The Principle of Hope no pueden ser ignoradas en ningún estudio utópico. Según Ruth Levitas su proyecto puede verse como un esfuerzo por introducir en el marxismo el concepto utópico derivado de una mezcla de misticismo y la tradición romántica. En la primera sección de The Principle of Hope Bloch habla sobre "soñar despiertos" (day-dreams), como fantasías necesarias que ayudan a las personas a vivir. Estos sueños incluyen la venganza, la conquista sexual, o el éxito financiero y sus consecuencias. Estos son "intentos de escape" y de ruptura con el mundo y nuestro lugar en él, más que un cambio en la sociedad. La segunda sección trata de la esencia utópica y la conciencia anticipatoria. Este es el concepto clave de su teoría. El punto de partida es una crítica al subconsciente freudiano, por considerarlo "regresivo" en el sentido de que no es un elemento de progresión y nunca expresa un "Aún-no-consciente." Al subconsciente regresivo de Freud, Bloch opone un subconsciente dinámico, progresivo que contiene una dimensión orientada al futuro. Es la dimensión que se expresa en la "conciencia anticipatoria." La tercera vuelve a las expresiones utópicas como a "imágenes desiderativas en el espejo," cuyas formas incluyen los circos, los cuentos de hadas, los viajes, la danza, el film y el teatro. En la sección cuarta se amplían aún más los conceptos y se comenta la construcción de las bases para una sociedad mejor. En la última sección, la quinta, se exploran las metas y la experiencia de la auténtica humanidad reflejada en la literatura, la música y la religión.

(9). El libro de Lucy Sargisson Contemporary Feminist Utopianism combina literatura feminista utópica, teoría política feminista y teoría literaria, de tal forma que nos permite reconocer claramente por qué el utopismo y el feminismo pueden trabajarse juntos en cualquier investigación académica. Sargisson rechaza la visión tradicional de la utopía que ve en ésta un patrón para un futuro perfecto, y la identifica en cambio, con un proceso transgresivo de crítica y subversión.

(10). La figura del horizonte, la costa, el límite o la frontera funcionan como "el otro lugar." Según Fernando Ainsa: "es un campo de experimentación para contemplar, relativizar y aprovechar reportorios distintos de valores" (Necesidad 91). Es una zona imbuída en una tensión histórica y cultural, tensión imprescindible en todo planteamiento utópico.

(11). La idea del norte argentino, nuevamente se asocia con el concepto de frontera o límite. El viaje siempre ofrece la posibilidad de separarnos de la realidad inmediata para acercarnos a contemplar la realidad utópica, entonces cuando el viaje realizado es hacia el norte, el contenido utópico del mismo se enfatiza.

(12). La idea del norte argentino, nuevamente se asocia con el concepto de frontera o límite.  El viaje siempre ofrece la posibilidad de separarnos de la realidad inmediata para acercarnos a contemplar la realidad utópica, entonces cuando el viaje realizado es hacia el norte, el contenido utópico del mismo se enfatiza.
 
 

Bibliografía

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